Cuando el pudor se convierte en delito.

No dejan de ser llamativos los abundantes resquicios a los que se agarran los políticos y medios a su servicio para acosar a este colegio. (José C. Hurtado)

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El pasado 10 de enero, el brazo mediático del Partido Popular, A3Media, junto con Eldiario.es denunciaba una serie de consideraciones internas del colegio católico Juan Pablo II sobre el modo de vestir de las profesoras en particular, iniciándose así una nueva campaña de acoso y derribo mediáticos.

No dejan de ser llamativos los abundantes resquicios a los que se agarran los políticos y medios a su servicio para acosar a este colegio desde hace ya unos años. Ya sea la educación de los alumnos en los valores católicos, la apuesta por la libertad educativa frente a las intromisiones ideológicas de las autoridades, o bien la simple puesta en valor de la feminidad y las más elementales virtudes, son motivos suficientes para un auténtico acoso político, legal y mediático.

Ante estos continuos ataques, podemos comenzar a plantearnos si la raíz de los mismos está motivada por la búsqueda de la verdad y la justicia, o bien, por el contrario, por cuestiones que se expresan en términos legales como “incitación al odio” y que son muestra de la creciente cristianofobia en nuestro país. Y es que el mismo presidente de la Fundación Educatio Servanda, no duda al afirmar que el acoso se debe a sus pilares educativos, “unos puntos muy perseguidos” entre los que se encuentra su “ideario católico”.

En estos momentos tan críticos para la feminidad, no es compatible abogar por una correcta inserción social de la mujer, teóricamente inexistente según ciertos lobbies, que la respete por si misma, y al mismo tiempo pretender eliminar las abundantes virtudes que encierra, desde la maternidad hasta el pudor y estética más elementales.

Y es que cuando el pudor se convierte en delito, desaparece cualquier rastro de respeto.

Alarmaba el patrón que da nombre al colegio acerca de un grave peligro que amenaza nuestra sociedad, y no es otro que la pérdida de todo respeto hacia la mujer, motivado por la implantación del materialismo y hedonismo, cuya consecuencia lógica es el trato a la persona como simple instrumento. Es precisamente este peligro uno de los que el colegio Juan Pablo II trata de encauzar y corregir. Según la propia circular enviada, “la feminidad es una cualidad destacada en la mujer que debemos potenciar”, y de las múltiples formas en que se puede hacer, una correcta vestimenta es sin duda un modo de potenciar, ya sea en hombres o mujeres, tanto las cualidades propias como el ejemplo dado a los alumnos.

Dentro de este claro ataque sin cuartel a la mujer y a la feminidad, nos es dado preguntarnos por el papel de las instituciones encaminadas a defenderla, tanto en su condición laboral como global.

Una respuesta podemos encontrarla en la lógica seguida a lo largo de esta batalla antropológica y educativa. Ya en los años 30, dichas instituciones hablaban de que cuestiones como la que hoy se emplean contra el colegio, son las que configuran los propios derechos de la familia a escoger la educación de los hijos. Afirmaba uno de los titanes morales de la década de los 30 que toda legislación que vulnere la voluntad de los padres en la cuestión educativa es íntima y esencialmente inmoral. En definitiva, esta libertad de elección educativa no negociable defendida a ultranza por el colegio, es precisamente sometida y secuestrada por las autoridades, con efectos negativos tanto en el conjunto del personal, como de los alumnos.

Son muchas las empresas en las que se pautan normativas estéticas y de vestuario, mientras que en este caso, los ataques son debidos a meras recomendaciones. Si los padres están conformes, y libremente consideran que es un bien educativo para sus hijos, ¿por qué son causa de conflicto y persecución?

Algo de autocrítica:

Cuando nos encontramos ante situaciones críticas o una mala gestión de las mismas, el mecanismo instintivo nos lleva a trasladar toda la culpabilidad a nuestro alter ego, rayando en ocasiones el conformismo con el que tranquilizar nuestras conciencias. Pero quizá, además de recriminar a las autoridades y a la profunda crisis moral en la que nos encontramos, tengamos que preguntarnos, ¿y dónde están los colegios católicos?

Según la Federación Española de Religiosos de Enseñanza-Titulares de Centros Católicos (FERE-CECA), en España hay un total de 1.923 centros católicos de enseñanza. En un sistema como el presente, con una muy profunda penetración ideológica e ideologizante, si los centros católicos no se ven sometidos a este tipo de acoso, solo caben dos opciones: o bien que su plan educativo no destaca por la transmisión de la verdad y de la virtud, o bien que el sistema del que hablamos no sea realmente enemigo de estas cuestiones.

Que las instituciones católicas no se ven sometidas a persecución, podemos desmentirlo cuando cada semana escuchamos los informativos o acudimos a los medios de comunicación. Por ello, cuando fría y sinceramente nos planteamos esta disyuntiva, se hace cada vez más evidente que son ya muy pocos los colegios católicos que realmente imparten un contenido coherente.

Desde luego, las decisiones de las autoridades a este respecto contrarían el derecho natural de los padres, pero al mismo tiempo, los propios católicos hemos olvidado cual es nuestra misión en el campo educativo.

Una misión, que como ya decía San Juan Pablo II, no es otra que liberar a los jóvenes del materialismo invasor y del hedonismo, para guiarlos hacia las cimas de la verdad plena.

A eso, y solamente a eso, pretendía contribuir la misiva enviada a los trabajadores del centro.

 

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